Aún resuena en el aire la sentencia del Tribunal Supremo español contra la Diputación bizkaina anulando sus decisiones en materia de exigencias del nivel de euskera para los presentados a su OPE, cuando se introduce el escándalo de las reacciones en contra de los ceros y las bajas notas en los exámenes de euskera de la PAU. Y sin que las imposiciones sobre la Euskal Herriko Unibertzitatea sean aún resueltas, aparecen pujantes las maniobras de EH BILDU para atraer votos de sectores cercanos al PNV. El ritmo es desenfrenado.
Se trata ahora de recurrir a la memoria de José Antonio Agirre y Lekube, aquel alcalde de Getxo, propietario de una fábrica de chocolate, que se convirtió en 1936 en Lehendakari autonómico de, en teoría, Gipuzkoa, Araba y Bizkaia, aunque solo llegó a presidir la autonomía básicamente en Bizkaia. Se vio obligado a escapar a Francia en julio de 1937, tras la caída del frente vasco y la ocupación de Bilbao por las tropas franquistas.
Los seguidores de Arnaldo Otegi han propuesto, en el Parlamento de Gasteiz, que el actual Aeropuerto de Bilbao, en Loiu, adopte el nombre de ese primer lehendakari autonómico, cosa que a mí me parece bien y me choca que no se le haya ocurrido antes al PNV, su propio Partido. Es precisamente este Partido quien, por boca de su Presidente Aitor Esteban, les acusa de recurrir a la memoria de José Antonio Agirre para cubrir sus propias carencias porque, aseguran, sus referentes tienen un legado que no es muy vistoso y ensalzan en este último valores como la defensa de la democracia, la libertad y la paz, términos con los que también coincido, pero a los que he de añadir un valor determinante y característico en José Antonio Agirre, cual es el de su determinación para luchar por alcanzar esos objetivos con todas las herramientas en sus manos, con todas las armas en aquel caso.
Porque Agirre no solo fue el máximo responsable político del Euzko Gudarostea, el Ejército Vasco, con 75.000 combatientes distribuidos en 80 batallones de distintas filiaciones ideológicas, 25 de ellos correspondientes al propio PNV, sino que asumió personalmente el cargo de Consejero de Defensa e incluso, en Mayo de 1937, el de Jefe del Estado Mayor cuando Montaud cesó en dicho cargo. El líder del PNV, Aitor Esteban, hace una mención especial al “rechazo a la violencia” del Lehendakari Agirre. ¿Qué cree que hacían aquellos miles de miembros de las milicias vascas, de gudaris, con sus pistolas, rifles, ametralladoras, morteros y cañones, porque aviones y carros de combate no tenían? ¿Era de juguete la pistola que el propio lehendakari portaba en la cintura cuando visitaba el frente, como podemos apreciar en la fotografía? ¿Esos morteros del 81 del Batallón IRRINTZI, cuyo último Comandante fue Luis de Azkue, que acompañaban a las Compañías en su lucha contra los invasores fascistas, tiraban acaso bollos de mantequilla contra los franquistas armados? ¿Se puede considerar violentos, asesinos, a los gudaris, a los combatientes vascos de diferentes ideologías, que se enfrentaron a las tropas franquistas, porque ocasionaron muertos entre estos últimos? Habrá quien piense que “Claro, cuando hay una guerra matar al enemigo es una cosa, pero si no…”¿Necesitó la Resistencia francesa una declaración formal de guerra para oponerse con las armas a la Gestapo? ¿Ha mediado una declaración de guerra por parte de Israel contra Gaza o Líbano para considerarse legítima la resistencia armada de Hezbolá o Hamás?
Cuando el dirigente peneuvista Juan de Ajuriagerra cometió la traición de rendir en Santoña los batallones del PNV a los italianos (Pacto de Santoña), el Lehendakari Agirre fletó diez buques para trasladar a sus tropas al Estado francés y pasarlas desde allí a Catalunya, desde donde continuar luchando hasta liberar Euskadi de sus ocupantes fascistas. No llegaron los barcos. También él fue traicionado.
Mas no fue solamente su disposición a luchar durante la guerra de 1936-37, con las armas bajo su mando, contra los enemigos armados de su Patria, lo que caracterizó a José Antonio Agirre, sino que décadas más tarde, cuando estaba asentado en París como Lehendakari del Gobierno en el exilio, recibía todos los meses a dos representantes de la recién creada ETA, concretamente Txillardegi y José Manuel Agirre, que viajaban en coche hasta la capital francesa para informarle de la situación en el “interior” y del trabajo de la nueva organización. Por cierto, aquel José Manuel Agirre, único superviviente de los seis jóvenes abertzales que fundaron ETA en 1958, está a punto de cumplir los 100 años y mantiene todo su patriotismo como el primer día. Respecto a Txillardegi, la televisión francesa le realizó una entrevista con motivo de las elecciones de 1982, sobre un fondo donde se pedía el voto para Herri Batasuna. A la pregunta de si la represión policial en Euskadi justificaba una acción violenta, Txillardegi respondía: “La falta de respeto y reconocimiento a los derechos nacionales del Pueblo Vasco provocan la violencia, no la decisión militar por parte de grupos armados vascos”.
Bien es cierto que José Antonio Agirre no declaró la independencia, ni tan siquiera de la pequeña parte de su Patria que pudo controlar antes de su exilio, porque aunque era fervientemente independentista, cayó en la trampa, tan repetida en nuestro País, de ponerse como objetivo político alcanzar la autonomía de la parte peninsular de nuestra nación de la mano, entonces, de la Segunda República española. Hoy en día son otros, en nuestro País, los que cometen el mismo error, sin percatarse de que ese Estatus Autonómico que consideran como un paso, un trampolín hacia la libertad plena de nuestra Comunidad Nacional, Euskal Herria, no es en realidad más que una jaula (ni tan siquiera de oro) que nos impide llegar a ejercer ese derecho, como el de cualquier Pueblo, cualquier Nación, a su independencia y a la posibilidad de estructurarse social y económicamente de una manera justa, es decir, alcanzar la Independencia y el Socialismo.
En estos momentos, pongo incluso en duda esa ceguera estratégica y que tengan esperanza de superar el actual estatus autonómico, por parte de las dos grandes fuerzas políticas abertzales de nuestro País, para alcanzar finalmente la independencia. Me preocuparon en su día las manifestaciones al respecto del anterior Presidente del PNV, Andoni Ortuzar, cuando le exigía al Gobierno español el reconocimiento de Euskadi como nación para sentirse cómodos en España, pero esa postura política no sólo se ha ido consolidando en su Partido, sino que ha sido copiada por la otra fuerza abertzale, EH BILDU, bajo la nueva fórmula de exigir la “plurinacionalidad” del Estado español, abandonando la reivindicación de un Estado vasco propio, independiente y reunificado.
Hace pocos días la portavoz de EH BILDU en el Parlamento español, Mertxe Aizpurua, reclamaba “una ventana de oportunidad para un ciclo social y plurinacional”, asegurando que:
“Se ha alumbrado una situación inédita, la posibilidad de articular una mayoría plurinacional y progresista que realmente pueda impulsar una democratización profunda que rompa los candados del Régimen del 78 y conlleve cambios estructurales en la propia concepción social y nacional del Estado español”.
¿Democratización de España? ¿Concepción social y nacional de España? ¿Mayorías plurinacionales de España? Eso es cosa de los españoles. Que les vaya bien.
Begirale



